Mi platanera

9 julio, 2013 at 6:37

Mi reflexión de hoy.
Queridos amigos y amigas. Me regalaron tres. Muy pequeñitas, tan pequeñitas, que el señor que me ayuda en casa a tener las huertas en buen estado me dijo que no se darían, que no crecerían, que al primer ventarrón seguramente no lo aguantarían.
Yo le pedí al Señor Manuel ( así se llama el señor que me ayuda) que las plantaríamos a ver que pasaba. Él me miró con cara sorprendida y las plantó por hacerme el gusto más que por otra cosa.
Después llegó mi madre y me dijo: ¡ pero hijo, si son plataneras de jardín!!!! Eso aquí no se va a dar. Yo insistí en que las dejáramos ahí a ver que pasaba y que en definitiva no molestaban.
Pasó todo el otoño y el invierno. Ellas empezaron a crecer y el Señor Manuel me dijo un día : » las matas de platanera están enfermas porque las hojas se están quemando». Una persona que entiende me dijo que las lavara con agua jabonosa y las aclarara y eso hice.
Y ellas seguían creciendo. Yo cada vez que llegaba a mi casa me daba la impresión que habían crecido algún centímetro. Las plantamos justo en la frente a la entrada de mi casa por lo que todos los días podíamos verlas.
Y pasó el invierno y aguantaron.
Y llegó la primavera y la entrada de casa se llenó de flores que alegran la vista, que estimulan el olfato: lirios, azucenas, dalias, rosas, geranios, claveles, mimosas. Y las plataneras seguían allí viendo crecer todo a su alrededor y ellas en medio de aquel espacio también creciendo. Se volvieron grandes, adultas, inmensas.
Un día le dije al Señor Manuel que las plataneras se habían salvado. El me contestó lo siguiente » muy fuerte tiene que ser el viento para llevárselas».
Pero yo pensé que jamás darían fruto. Lo pensé porque mi madre decía que eran plataneras de esas, de jardín. Yo le hice caso porque venimos de un valle de plataneras como es Vallehermoso. Y como podía dudar de su palabra?.
Una tarde cuando llegué a casa mi madre, toda contenta, me dice: » ven que te tengo una sorpresa» y me llevó a la platanera para que viera como había » reventado» la piña de plátano y me auguró que sería bastante grande.
Mi madre le comunicó la noticia a los vecinos que vinieron a ver el fruto de la platanera como si de un recién nacido se tratara.
Ahora todas las tardes veo a mi madre contemplando el fruto de la platanera y yo miro de reojo porque algo, quizá insignificante, la hace inmensamente feliz.
Le dije a mamá el otro día que las plantas me las había regalado un compañero mío del cabildo y me dice: » bueno, pues compartes los plátanos con él».
Y es que es tan hermoso ver crecer. Ver los frutos, ver como se va transformando la vida, ver como una planta se puede aclimatar y crecer aunque el ambiente sea inhóspito y crean que no resistirá.
Pues así es la vida. Siempre esperamos dar frutos, siempre estamos abonando nuestros proyectos y nuestras ideas, siempre estamos regando con el agua del amor para poder recoger bondad.
La vida es como la planta de platanera de mi jardín. Tenemos que pasar por muchos inconvenientes, pero con fe, con esperanza, con ganas, con tesón, con voluntad y con lucha conseguiremos al final que el fruto nazca.
Se que es una simpleza quizá, pero hoy he querido compartir esta alegría con todos ustedes. Quien sabe y estas plataneras ( ya son seis porque vamos a trasplantar los hijos) empiecen a dar fruto y pueda repartir plátanos nacidos desde el amor y el esmero. Ese es mi deseo. Es que cuando le pones amor a lo que haces, puede ser que los frutos tarden, pero llegarán.
Feliz martes.

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