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“El servicio público”.

18 febrero, 2026 at 8:56

Servir es un privilegio

“El que no vive para servir, no sirve para vivir.”

— Madre Teresa de Calcuta

Hay frases que uno escucha muchas veces a lo largo de su vida, pero que solo cobran sentido cuando se viven de verdad. Esta es una de ellas.

Después de muchos años en lo público, puedo decir que el servicio no es solo una responsabilidad que se asume; es una forma de caminar por la vida. Con el tiempo entiendes que no se trata solo de gestionar, decidir o firmar. Se trata de estar al servicio de los demás con honestidad, con respeto y con conciencia.

En estos años he conocido a muchísima gente. Personas de todo tipo, con historias muy distintas, con preocupaciones grandes y pequeñas, con ilusiones, con dificultades, con esperanza. Cada encuentro me ha enseñado algo. La vida pasa también por una mesa de atención, por una reunión, por una conversación en la que alguien deposita su confianza.

Recuerdo un día que me marcó especialmente. Una jornada intensa, de esas en las que el reloj parece ir más rápido que uno mismo. Atendí a una persona mayor que venía angustiada por un trámite que no entendía. No necesitaba grandes soluciones, necesitaba tiempo y explicación. Me senté, escuché, aclaramos todo con calma. Al despedirse me dijo: “Gracias por tratarme como persona”.

Esa frase se me quedó grabada.

Porque eso es, en el fondo, el servicio público: no olvidar nunca que detrás de cada expediente hay una historia. Que detrás de cada decisión hay consecuencias reales. Que lo que gestionamos no es nuestro. Es de todos.

Y esa idea te coloca en tu sitio.

Gestionar lo que es de todos exige responsabilidad, pero sobre todo humildad. Humildad diaria. Humildad para recordar que estamos de paso. Humildad para escuchar más de lo que hablamos. Humildad para reconocer errores cuando los hay. Humildad para saber que el cargo nunca es más importante que las personas.

También he tenido la suerte de compartir camino con compañeros y compañeras extraordinarios. Personas que trabajan sin buscar reconocimiento, que sostienen lo público con esfuerzo silencioso y vocación sincera. De ellos también he aprendido muchísimo.

Si miro atrás, siento gratitud. Gratitud por la confianza que la sociedad deposita. Gratitud por las personas que he conocido en este recorrido. Gratitud por todo lo que la vida en lo público me ha enseñado.

Servir es un privilegio. Y después de todos estos años, si algo tengo claro, es que el centro de todo siguen siendo las personas. Siempre.

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Suecia y Madagascar.

14 febrero, 2026 at 11:20

Suecia y Madagascar (escrito en mi blog en abril 2013) (repetition)

Queridos amigos, amigas y confidentes:

Creo firmemente que en la vida, muchas veces, es necesario cerrar etapas para poder avanzar. Hace tiempo leí algo de Paulo Coelho que lo describía a la perfección: “ Hay momentos que deben terminar para que otros puedan comenzar”.

El pasado nos marca con situaciones irremediables que nos ha tocado vivir. Algunas han sido placenteras; otras, amargas; otras, simplemente inimaginables. Pero, en definitiva, de todas hemos aprendido. De cada una guardamos un recuerdo, más grato o menos, que forma parte de quienes somos hoy.

¿Recuerdan aquella revista llamada Pronto? Esa que solía encontrarse en las consultas médicas, a veces un poco desfasada, pero siempre tentadora. Tenía una sección titulada: «¿Qué hubiera sido de mi vida si…?». Narraba historias dramáticas, a veces dantescas, que inevitablemente atrapaban al lector. Y es que todos, en algún momento, nos hemos preguntado cómo habría cambiado nuestra historia si hubiéramos tomado otro camino.

La vida es como un libro repleto de capítulos cuyo número desconocemos. No sabemos cuántos escribiremos ni cuándo llegará el último. Pero sí tenemos la potestad de vivir cada capítulo con intensidad, procurando que todos puedan cerrarse con un esperanzador “continuará”.

El mundo es cambiante. Hoy, más que nunca, vivimos a una velocidad vertiginosa. Por eso creo que debemos escribir cada capítulo de manera intensa y vitalista, llenándolo de buenas historias. También nos tocará escribir páginas tristes —porque forman parte del relato—, pero incluso esas tienen algo que enseñarnos.

A medida que vivimos, adquirimos costumbres distintas según el lugar donde nos haya tocado nacer o residir. Las situaciones pueden ser muy diferentes en Suecia o en Madagascar. Sin embargo, estoy convencido de que, en ambos lugares, las personas se levantan cada día soñando con un mañana mejor, deseando escribir el mejor de los capítulos y ser un poco más felices.

Nacimos sin la posibilidad de elegir entre Suecia o Madagascar. Pero lo verdaderamente importante es que nacimos. Y desde entonces no hemos dejado de escribir historias impresionantes. La vitalidad nos impulsa a seguir adelante. Incluso nuestro cerebro, sabiamente, atenúa los recuerdos más dolorosos; de no ser así, nuestra salud mental se resentiría profundamente.

Aún quedan capítulos por escribir. Historias propias y ajenas en las que seremos protagonistas: a veces de forma directa, otras indirectamente y, en ocasiones, casi por obligación. Pero siempre tendremos la oportunidad de transformar la narrativa, de añadir optimismo y pasión a páginas que quizá no comenzaron bien. Estoy seguro de que así lo hacen tanto en Suecia como en Madagascar.

Y, queridos amigos y amigas, ¿saben qué? Me han entrado unas ganas inmensas de conocer Madagascar. Hace unos años visité una exposición de los maravillosos artistas Tarek Ode y David Olivera sobre ese enigmático país. Madagascar —la cuarta isla más grande del mundo, situada en el océano Índico— es un lugar que despierta la imaginación. Millones de personas escriben allí, cada día, un nuevo capítulo de su vida.

Por ahora me conformaré con volver a ver la entrañable película animada “Madagascar” y con soñar que algún diseñador o creativo del carnaval cree una fantasía titulada «Madagascar». Estoy segura de que podría convertirse en una historia preciosa.

Feliz sábado de carnestolenda amigos y amigas.
Sigamos escribiendo. Siempre

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La Presa de la Encantadora: un encanto de Vallehermoso

5 febrero, 2026 at 19:19

Hoy me llega una noticia que me llena de inmensa alegría: la Presa de la Encantadora, en la Rosa de las Piedras, está casi llena. Ver cómo este espacio para el riego agrícola puede dar vida al barranco del Ingenio hasta la playa de Vallehermoso y más lugares, es un auténtico regalo, sobre todo en uno de los valles más fértiles y bonitos de Canarias.

Recuerdo que hace más de 50 años, siendo niño, subía a escondidas para ver cómo avanzaban las obras de la presa. Dormía con un ligero temor: se decía que, si la presa se reventaba, podría arrasar el pueblo.
Cualquier ruido nocturno me hacía esperar algo, pero al día siguiente volvíamos para asegurarnos de que todo estaba en orden. De niños mirábamos sorprendidos el ir y venir de camiones y maquinarias que jamás habíamos visto.

Cuántas meriendas hemos compartido allí con amigos, ya con muchos años de más en esa zona recreativa llena de sombras y un verde mágico, que parece transportarte a otro mundo. Subiendo caminando por la carretera que nos lleva hasta la ermita del Carmen y pasando por los chapines donde nacieron mi abuela y mi madre, se siente la vida en cada rincón. Ver a los patos o las ocas en el embalse nos recuerda que la naturaleza siempre encuentra su camino.

Además, la presa guarda un pedazo de historia que nos remontan a las culturas guanches, hasta los vestigios del patrimonio local, todo contribuye a la magia de este lugar. Recuerdo con especial cariño aquella vez que la presa se llenó completamente y nos llegaron imágenes de la celebración de una romería marina en las aguas de la Encantadora, llevando hasta barcos al embalse y la Virgen del Carmen que tanto queremos en Vallehermoso. Fue un momento que unió al pueblo y quedó grabado en nuestras memorias.

Hoy, con los valles verdes gracias a la lluvia y la presa rebosante, siento un inmenso deseo de volver. La Presa de la Encantadora no es solo un recurso hídrico: es un símbolo de mi pueblo, un lugar que nos conecta con la naturaleza, la historia y nuestra infancia.

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Cuando entendemos que ya no somos las mismas personas.

28 enero, 2026 at 12:17

Durante mucho tiempo pensé que crecer era tener respuestas claras, saber exactamente a dónde iba y sentirme seguro de cada decisión. Hoy sé que no. Crecer, al menos para mí, fue aprender a convivir con la duda, con la nostalgia y con una versión de mí que ya no existe.

Recuerdo un día aparentemente insignificante. No pasó nada extraordinario, nadie me dijo una frase reveladora, no hubo lágrimas ni despedidas dramáticas. Estaba solo, en silencio, rodeado de mis propias cosas. De esas que se acumulan con los años: recuerdos, objetos, palabras no dichas. Y fue ahí, en ese momento tan cotidiano, cuando algo dentro de mí se movió.

Empecé a encontrar fragmentos de mi pasado: ideas que defendía con fuerza, personas por las que habría dado todo, sueños que en su momento parecían urgentes e indispensables. Esperaba sentir algo intenso, una punzada en el pecho, ese nudo en la garganta que tantas veces había sentido antes. Pero no llegó. En su lugar apareció una calma extraña, casi incómoda.

Al principio me asusté. Pensé que me estaba volviendo indiferente, frío, distante. ¿Cómo podía no doler? ¿Cómo podía mirar atrás sin querer volver? Me quedé un buen rato con esa sensación, tratando de entenderla, hasta que lo comprendí: no era falta de emoción, era transformación.

Había cambiado. Ya no necesitaba aferrarme a lo que fue para sentirme completo. Ya no me definían las mismas heridas, ni las mismas ausencias. Había aprendido —sin darme cuenta— a soltar sin rencor, a aceptar sin reproches, a recordar sin quedarme atrapado.

Ese día entendí que crecer no siempre es ganar cosas nuevas. A veces crecer es perderlas. Perder miedos, perder dependencias, perder la necesidad de explicarlo todo. Crecer es dejar de reaccionar como antes, dejar de cargar culpas que no eran mías, dejar de pedir permiso para sentir.

No fue un proceso rápido ni fácil. Hubo noches de confusión, momentos de soledad, preguntas sin respuesta. Pero también hubo algo hermoso: la sensación de estar volviendo a mí, de estar construyendo una versión más honesta, más consciente, más en paz.

Desde entonces miro mi pasado con respeto, no con añoranza. Agradezco a quien fui, pero no me aferro a esa versión. Porque entendí que no todo lo que se va se pierde, y que muchas veces lo que duele solo está enseñándonos a crecer.

Y quizá eso sea la vida: una constante despedida de quienes fuimos, para darle espacio a quienes estamos aprendiendo a ser.

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