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Marisol Ayala y su crónica sobre la situación de #Venezuela

21 Mayo, 2017 at 10:41

Testigos y víctimas de lo peor de un paraíso acogedor que recibió a miles de emigrantes de las Islas y se ha convertido en un infierno

Desolación y miedo. Entre esos dos sentimientos se mueven los canarios y sus descendientes, que están siendo testigos y víctimas de la peor Venezuela, un país al borde de la guerra civil, con una situación límite de la mano de gobernantes que ejercen el poder como pollos sin cabezas. Un país de pesadilla. A rienda suelta. Sin norte, en el caos, en el temor. El miedo de los nuestros en la Octava Isla es tal que de las más de 20 personas con las que he hablado estos días en Isla Margarita, Puerto La Cruz, Caracas o el Estado de Vargas para sondear su situación, todos, salvo una mujer, han pedido omitir sus nombres y apellidos. “Aquí hay persecución”, dicen. Si elegimos algunas de las frases pronunciadas por los entrevistados las hay hasta de esperanza: eso sí, una sola. Aunque una esperanza a largo plazo, tal es el caso de Ángela Molina, cuyo padre nació en Gáldar y emigró a Venezuela, donde ella nació. “Venezuela resurgirá, no tengo la menor duda; los jóvenes universitarios, los abuelos, las mamás que nunca han salido a protestar están ahora en las aceras haciendo presión contra el gobierno. Se han echado a la calle. Esa presión no hay gobernante que la aguante y no te cuento si hablamos de la fuerza que tiene el hambre. Es duro ver cómo los hijos y los nietos no tienen qué comer, que carecen de todo. La protesta de abuelas y padres es muy tenaz y eficaz”, aunque no saben si servirá para algo. Hace dos años que Ángela retornó a Gran Canaria; una decisión impulsada por la violencia que domina el país y que sufrió dos veces en primera persona haciéndole temer por la vida de sus hijos.
“Se metieron en mi casa de Caracas varios encapuchados”, dice. “Estuve 6 horas encañonada”. Reconoce que su actual situación económica en Canarias le permite unos lujos que otros emigrantes isleños no tienen. Dos o tres veces al año viaja al país para ver a su gente, otear la situación y “paliar en la medida que pueda la falta de medicamentos o leche para bebés; en fin, una larga lista de carencias que tratamos de cubrir entre nuestros conocidos. En Venezuela no encuentras ni paracetamol. Imagina”, relata. Su corazón está allá, con los suyos, los que dejó en la Octava Isla. Se pasa el día pendiente de las redes y se sorprende de que un tuit (está muy presente en esa red) que informa de un acontecimiento crítico sea superado a los pocos minutos por otro que eleva la gravedad de la situación.
Cuando Ángela habla acerca del origen en que sitúa el principio del fin del Estado de Bienestar venezolano, sobre cuándo fue consciente de que su país transitaba en dirección equivocada, no tiene dudas: “1989 con El Caracazo, el juicio a Carlos Andrés Pérez y la llegada al gobierno de Hugo Chávez en todo su esplendor. A partir de ahí, Venezuela se convirtió en un país a la deriva y hasta hoy”. Pese a todo, se niega a caer en el pesimismo.
Salvador, de 69 años, vive en Isla Margarita y tiene cuatro hijos de tres mujeres y el miedo metido en el cuerpo. Llegó a la isla caribeña porque su padre tiró de él y luego de sus hermanos, niños y adolescentes, a los que había dejado en El Hierro hasta buscar casa y un trabajo en el país latinoamericano. “Es que en aquellos años”, recuerda, “en Venezuela el dinero corría, el trabajo sobraba y la gente era feliz. Después vinieron mis hermanas y ya hicimos una piña y vivimos todos juntos aquí. Unos en Puerto La Cruz, otras aquí, en Margarita, y otras en Caracas. Mire usted, las fiestas en fechas grandes como Navidad o un cumpleaños eran una cosa muy linda. Por ahí tenemos fotos todos juntos; recuerdo que mi madre hacía un ponche que nunca he olvidado, ninguno era igual al que ella hacía; fueron los sabores de nuestras adolescencia. Fiestas que nunca se repetirán”. Salvador es todo nostalgia: “Ahora esto es una prisión: ni hay libertad, ni hay comida, ni hay alegría, ni hay dinero… Hay tristeza. Y miedo, eso. Cada día voy a la cola para agarrar unos panes pero a veces estoy cuatro horas allí y cuando me toca la vez ya no queda nada. O la leche. Tengo una nietita de cuatro años y no todos los días comemos. Yo puedo pasar, pero ella no. ¿De todo lo que veo qué es lo que más me anima? Que la gente se ha botado a la calle y eso es importante porque ya no son solamente los jóvenes. Y que hasta los que estaban con Chávez antes y con Maduro hoy están en la calle con protestas. Amiga, aquí hay hambre y el hambre de unos hijos puede más que cualquier arma. Mucho más. Yo planto alguna cosa, berros o hierbas, y hago caldo, le echo papas y de ahí saco algo caliente. Dichosos los que viven en Canarias”, termina.
Todos cuentan las lágrimas del consejero de Empleo, Comercio, Industria y Desarrollo Socioeconómico del Cabildo de Tenerife, Efraín Medina (CC), cuando, recientemente, en un emocionante discurso lloró recordando las miserias que sufrió su familia en Canarias y que paliaban sus familares desde Venezuela en los años 70. “Tuve que emigrar a Venezuela en 1975 pero siempre recuerdo el cheque que desde allí venía por Navidad”, recordó Medina, que agregó: “Los hermanos de la Octava Isla piden que no les olvidemos y están clamando libertad y justicia”.
Francisco. Vive en el Estado de Vargas y fue de los últimos canarios que llegaron a Venezuela como emigrante. “Llegué un viernes, el 11 de mayo de 1970. Había tanto bienestar que cada tres años viajaba a La Gomera para ver a mis padres. Con 28 años monté una especie de restaurante donde vendía arepas y me iba muy bien. Pero yo no conocía el negocio y acabé quitándolo aunque vivía de otros trabajos, y mis tres hijos sobrevivían bien pero, poco a poco, con los años, todo se fue viniendo abajo. Llegaron unos políticos que no estaban preparados y se lo digo yo, que a pesar de todo le voté tres veces a Chávez porque prometió ayudas, cambiar lo que ya venía mal y al final? ya sabe cómo acabó todo”. Dice que nunca pensó ver esta Venezuela “donde los niños no tienen ni para desayunar y eso es horrible. Yo no soy optimista, no creo que viva para ver un país mejor. Las instituciones son calamitosas y los gobernantes un desastre. Los padres y los abuelos no comemos para que puedan comer nuestros nietos, nuestros hijos. Más espero una guerra civil que un progreso y eso, el enfrentamiento entre hermanos, es mi pesadilla. Personas muy mayores que no tienen medicamentos, ni comida, ni nada. He perdido la esperanza y si pudiera regresaría a Canarias pero es muy costoso y mi familia en Canarias tampoco puede acogernos. Somos un pueblo masacrado, asustado, que sobrevive en un túnel sin salida”.
Gabriel. Vive en Margarita con su madre y abuela. Tiene 21 años y estudia derecho. “Vivimos en una isla más aislados que el resto de los venezolanos. Si a Venezuela no llega nada a Margarita menos todavía. Yo me paso los días de cola en cola, allá donde me dicen que hay pan, aceite o leche. Pero cuando te toca comprar ya no queda nada. He visto gente pelearse por un mendrugo y eso da miedo. Yo soy joven y lo normal es que quiera salir, estar con los amigos… Pues ni eso se puede hacer. La inseguridad en Margarita es muy grande; de noche no se puede andar por la calle, así que nos reunimos en casas de amigos y no salimos de allí hasta que se hace de día. Da mucho miedo. Te pueden matar por unas zapatillas? Mira, mi día comienza a las siete de la mañana. A esa hora subo al autobús y me voy a un despacho de abogados donde soy pasante. Salgo de casa desayunado pero ya no vuelvo a comer hasta la noche. ¿Cómo paso el día? Pues comiendo chucherías, engañando el estómago porque no tenemos para almorzar. ¿Que si me quiero ir de Venezuela? ¡Claro! Me daría mucha pena pero en Venezuela no veo futuro, no hay. Lo que más me asusta es la agresividad, la violencia que vemos cada día. La única esperanza es que, por ejemplo, mi madre o mi abuela, que nunca se han manifestado, ya se han echado a la calle uniéndose a los que protestan. Y no es por una cuestión de ideales, es para sobrevivir, esperando que un día se vaya este gobierno y los jóvenes tomen el mando. De no ser así, no hay más opción que huir. He visto carreras, golpes, amenazas para quitarte una bolsa con una caja de leche. Lo que está pasando aquí es difícil comprenderlo si no lo vives día a día. El mundo ve imágenes pero yo creo que incluso esas escenas ya no llaman la atención. Son fotos fijas”. Su celular se queda mudo. Al rato llama solo para decir: “Dígale al mundo que no nos deje solos, por favor”.
Asunción. Llegó a Venezuela con 14 años de la mano de sus padres. “Aunque viajé en barco fue duro. Yo no tengo malos recuerdos porque era una aventura preciosa para una niña de esa edad. Mi padre alquiló una especie de sótano que compartimos con otra familia. Mi madre cosía y hacía arepas que vendía. La recuerdo arreglando ropa y a padre vendiendo electrodomésticos. Vivimos bien, compramos una casa y hasta un carro, pero eso lo logramos con el paso de los años, ocho o diez. Nos fue muy bien. Cuando mi padre tenía 65 años decidió regresar a Canarias, a Gáldar, que era su pueblo. Fuimos a verle una vez pero eran muchos gastos y ya no lo vimos más. Con los años, ya casada, mi marido compró una casa en Caracas como inversión y nos quedamos a vivir en el Estado de Vargas, donde había muchos canarios y teníamos amigos. La casa de Caracas era un apartamento que adquirimos con la idea de alquilarla cuando nos hiciéramos mayores y así lo hicimos. Estaba en muy buen sitio, era un tercer piso. Un día aparecieron tres chicos y lo alquilamos. Pagaban bien y eso nos ayudó mucho. Una mañana viendo la tele nos enteramos de que habían capturado a dos etarras que vivían en Caracas, hablamos de mediados de los años noventa. Resultó que los chicos a los que le habíamos alquilado el apartamento eran ellos? El piso fue precintado, lo recuperamos años después pero para entonces Venezuela era un caos, la Administración otro desastre, hasta que Chávez hizo púbico aquello de que las casas que estuvieran deshabitadas podían ser ocupadas por los ciudadanos. Y así acabo todo. Mi marido falleció y yo hoy junto a mi hijo y mi nuera vivo en este país que han jodido entre todos. Sin una paga, sin nada… Pasamos hambre y miedo porque terminar con vida cada día es un milagro”, concluye.
Luis. Tenía ocho años cuando se embarcó con sus padres rumbo a Venezuela, exactamente al Estado Vargas, a La Guaira. Iban sus padres y dos hermanas de 9 y 12 años. Luis tiene grabada la imagen de su madre colocando los bultos en el barco, el olor y el ruido.
“Me tocó dormir encima de una manta al lado de la chimenea y los motores del barco. El carguero se llamaba Begoña. Cuando recuerdo aquellos días rememoro un episodio duro de mi infancia; tanto me marcó esa travesía que durante años, muchos años, tuve en los oídos el pitido de la chimenea, el ruido ensordecedor de los motores, el olor a gasoil y todo lo que se pueda imaginar. ¿Valió la pena? Sin duda, porque en Caracas encontramos a un señor canario, al parecer amigo de unos familiares de mis tías en San Roque (Las Palmas de GC) que nos hizo sitio en su casa, nos prestó una habitación y allí vivimos unos años. En esa habitación mi madre cosía y al poco tiempo mi padre comenzó a trabajar en un economato del Gobierno. Nos fue muy bien. Cada cinco años regresábamos a España y aprovechamos para viajar a Barcelona, donde también teníamos familia canaria. Los viajes a España eran duros porque sabíamos que las cosas allí no estaban bien: llevábamos regalos, ropa que ya no usábamos, etcétera. Venezuela era todo riqueza, un país alegre donde el trabajo sobraba. Hasta mediados de los ochenta aquí se podía vivir de lujo pero el Caracazo en 1989 nos metió en un callejón sin salida. Los últimos 15 años, más o menos, comenzaron a verse cosas feas en el país: violencia y algún atraco, pero nada comparado con lo de hoy. Yo tengo la imagen del Chávez golpista y no niego que le voté. Veníamos de una época tan convulsa que nos pareció capaz de hacer algo pero fue peor. Un histriónico que poco a poco se cargó la clase media y en consecuencia todo lo que ella significaba para la economía de una nación. Un país sin clase media no tiene futuro y Chávez nos robó ese futuro”. El proceso más duro que vivió Luis en Caracas fue la muerte de su hermana, víctima de una sanidad sin medios; un diagnóstico tardío complicó una patología grave que acabó con su vida. Hoy con 67 años llora por Venezuela, “una tierra que lo tuvo todo y que hoy es una ruina de la que no podemos escapar”.

Alfonso. Llegó a Caracas a mediados de los años 50. Es tinerfeño. Tenía 15 años. Viajó con su tío con la intención de abrirse camino, traerse a sus hermanas y ayudar a sus padres que se quedaron en Tenerife. Montó una imprenta y acabó siendo uno de los empresarios más reconocidos del sector. Con los años tuvo tres imprentas y una economía boyante. Dice que la nostalgia por Canarias la palió reuniéndose con isleños que con el paso de los años fueron su familia y a la inversa. Una casa lujosa, “lo que en España llaman chalé”, grande, cómoda, ajardinada en la que cada semana reunía a familiares y amigos.

En sus empresas dio trabajo a isleños: “Nos iba muy bien, de tal manera que cada año regresaba a Tenerife porque fueron 30 años de progreso. Se negociaba bien y el trabajo nunca nos faltó. Pero a mediados de los 80 comenzó a desmoronarse todo, poco a poco, pero a venirse abajo sin marcha atrás. Y ya no hablo en lo económico porque los negocios nos permitieron invertir en Tenerife pero en Caracas, donde teníamos dos fincas con seguridad privada, nos dimos cuenta de que los mismos que custodiaban nuestras viviendas eran chavistas y entonces se nos encendieron las alarmas. Los secuestros estaban a la orden del día. Estaban muy de moda. Dos amigos fueron víctimas de esos secuestros y a partir de ahí los amigos nos reunimos y decidimos que teníamos que prepararnos para un posible ataque. Una de las cosas más duras de aquellos años fue reconocer que estábamos a merced de patas en el suelo, tal como llamamos a los chavistas. Hicimos de nuestras casas un búnker hasta el punto de fabricar habitaciones como cajas de seguridad. Dormíamos en ellas, tres en cada habitación / búnker y con armas de fuego a mano. Aquello era un infierno, pero no quedaba otro remedio. Sabíamos que nos vigilaban?”

En la actualidad Alfonso, que tiene nietos venezolanos, se plantea con más determinación que nunca dejar Caracas y regresar a Tenerife. Cerrar sus empresas y huir. “Tengo hijas y nietos adolescentes a los que la juventud les impide reconocer la gravedad de la situación venezolana. Pero nos iremos. Yo creo que la próxima Navidad la viviremos lejos de aquí; no puedo poner en peligro la vida los míos. No puedo. Solo pensar en ese adiós me parte el alma. No creo en milagros y si en diez años las cosas cambian en Venezuela yo estaré muy mayor”.

Presentación Marisol Ayala

Una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad en Canarias. Hija Predilecta de Las Palmas de Gran Canaria por mi trayectoria profesional de más de 30 años en el periodismo social; un género que reivindico hoy más que nunca.
 

Mi Blog en LA PROVINCIA

Mi abuela y Venezuela. 

28 Abril, 2017 at 11:48

 En el año 1967, en mi pueblo natal Vallehermoso, cuando se acercaban las Navidades, mi abuela Serafina, que vivía ya con nosotros, (aunque ella siempre soñaba con su casa en Los Chapines) me mandaba al correo a ver si había llegado “carta certificada” de Venezuela. Manolo, el cartero, empezaba a decir los nombres en voz alta y recuerdo que todos los años que fui, como para desesperarme aún más, el nombre de mi abuela, Serafina León Suárez, era nombrado casi al final. “Echa un garabato aquí pero con el nombre de Serafina”, me decía Manolo. Cuando tenía el sobre en mis manos, corría cuesta arriba y llegaba sin aliento a casa gritando: “Abuela, abuela, ¡llegó, llegó, llegó!

 

Llegaba el cheque de Venezuela, el cheque en Bolívares, el cheque con el que empezaban las Navidades en nuestra casa y en muchas casas de Vallehermoso gracias a Venezuela. Mucho antes del turismo y de otros sectores económicos, las remesas enviadas desde Venezuela dieron de comer a muchísimas personas y ayudaron al progreso de nuestra bendita tierra. Mi abuela se sentaba en un banco pequeñito que estaba en la antigua cocina y leía la carta con lágrimas calladas que le recorrían las mejillas. Todos mirábamos sin decir absolutamente nada. Una de mis hermanas la leía después en voz alta para todos. Abuela doblaba la carta y se la guardaba en un delantal y decía: “Tu tío y tus primos están bien, que tienen ganas de venir…”

 

Acto seguido se vestía de negro y bajaba a la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Santa Cruz de Tenerife para cobrar el cheque y separar lo que después nos dejarían los Reyes. Eso era en la tienda de don Mariano para mi hermano y para mí. A mis hermanas y a mis primas les daba a 25 pesetas a cada una. Se compraba algún turrón (nunca faltó el blando), licores de la marca María Brizard o Licor 43, “por si llegaba una visita por estas fechas”, y el resto del dinero se guardaba, por si surgía “algún imprevisto”, que surgían todo el año.

 

Mi abuela era mágica. Una vez me habló de La Guaira. Le pregunté porque hablaba de ese sitio si nunca había ido. Mi abuela me respondió que, de noche, cuando dormía, viajaba en sueños a La Guaira y mis tíos se acercaban a verla. Me dijo que habían muchos barcos en un puerto, que era más de mil veces el pescante de mi pueblo, y muchos niños negritos como su delantal. La primera vez que escuché en la barbería de Ramón, en una vieja radio, la canción de “Angelitos Negros” de Antonio Machín, corrí para decirle a mi abuela que a los niños de la Guaira le estaban cantando una canción que decía “angelitos negros”; mi abuela me miró y me dijo: ¿Ves? Yo nunca miento.

 

Mi abuela murió en el año 1979 sin conocer Venezuela. Yo me despedí de ella sin saber lo lejos que estaba La Guaira. Pensé que volvería pronto, pensé que era un “hasta luego”, pensé que en sueños la tocaría…. Pero no la volví a ver más. Yo tuve que emigrar en el año 1975. Confieso que todas las Navidades pongo en un platito un trocito de turrón del blando, miro al cielo y se lo ofrezco. “Abuela, mira, turrón blando con el cheque de Venezuela”. Eso le digo y lo dejo en el patio de mi casa o donde esté.

 

Mi historia y mis vivencias con mi abuela no tienen nada de especial porque, en miles de casas de nuestras islas, existen historias que nunca se han escrito y que ha dejado la emigración. Historias de nostalgias, de recuerdos, de pensamientos profundos, de distancias insalvables o salvables, historias de gente que nunca más volvió, que se las llevó el Atlántico en la emigración clandestina; gente que ha muerto allá soñando con volver a ver el Roque de Taganana, o Los Tilos, o Arguamul, o el Pinar… Nunca más volvieron.

 

Hoy defenderé en el Pleno del Cabildo, una moción para pedir ayuda urgente a los canarios que están atravesando por la peor de las calamidades en Venezuela. Hoy pediré lo que me han pedido que pida, hoy suplicaré lo que me han pedido que suplique, hoy hablaré lo que me han pedido que hable. Hoy no es día para la demagogia, para el provecho político, para el oportunismo. Hoy es un día donde nuestros hermanos que viven en la ‘octava isla’ nos necesitan más que nunca. Nos piden que en estos momentos no los olvidemos. Nos piden porque ahora son ellos los que están necesitando ayuda.

Eso pediré: Pediré lo que me han pedido que pida.

 

Es hora de volver a Vallehermoso a visitar a mi abuela Serafina. También a ella le voy a pedir. Ella que me hacía soñar con la Guaira. Ella que me decía: “Tu tío vive en una Avenida” y yo le preguntaba a Don Ángel el maestro que me dijera lo que era una avenida para decírselo a mí abuela: “Abuela, me dijo Don Ángel que una avenida es como ir desde Triana hasta la iglesia pero como cincuenta veces”. Entonces, mi abuela me miraba y se sonreía.

 

Tengo que decirle a mi abuela, que sé que me escucha porque siempre lo hace, que ayude a Venezuela, que mire de vez en cuando para los niños de la Guaira, aquellos de la canción que ahora tienen mi edad, cincuenta y cinco años, y que esas avenidas que me decía Don Ángel, donde hoy se está manifestando tanta gente pidiendo paz, diálogo y libertad, vuelvan a ser las avenidas donde vivieron mis tíos, donde viví yo casi 15 años y donde viven y donde aman donde mueren y se afanan tanta gente compatriota.

 

2 Febrero, 2017 at 9:07

Queridos Amigos y amigas. Hoy, día grande de la virgen , día grande de la Virgen de Candelaria, de la Patrona de Canarias, reflexiono y me doy cuenta que siempre he estado unido a ella de una u otra forma. La Virgen de Candelaria siempre ha estado presente en mi vida.
En el año 1967, quizá empiezo a tener memoria desde esa fecha, cada quince de agosto todo el pueblo de Vallehermoso bajaba a la playa porque había una ermita con una imagen de la Virgen de Candelaria y pasábamos el día abajo. Los que son de mi pueblo deben recordar ” La cueva de las palomas” en un lado de la playa. Mi madre hacia un caldero de arroz amarillo y con eso comíamos todos, jugábamos, nos bañábamos en esa playa peligrosa, y con una música de ambiente que ponían los vecinos bailábamos. Yo siempre fui muy bailarín y disfrutábamos mucho esa fiesta. Había un bar ( el bar de Zoila y Salvador) donde nos regalaban vasos de un refresco de la época por bailar y animar. Años más tarde, un temporal de mar destruyó la ermita pero la Virgen quedó en pie e intacta . Fue una familia mía emigrante quien posteriormente realizó una nueva capilla más alejada del mar para seguir con la devoción aunque creo que ya no hacen esa maravillosa fiesta de antaño. Daría todo lo que fuese por poder retroceder en el tiempo y disfrutar de un día como aquellos, del plato de arroz amarillo y del refresco en el bar de Zoila y Salvador, ( los padres de Alejo el de la paquetera). 
Posteriormente vine a estudiar al Seminario Diocesano en La Laguna y la Virgen de Candelaria era la Patrona del Seminario Menor. Justo por el dos de febrero celebrábamos competiciones, festivales, actos lúdicos que hacían que se rompiese un poco la disciplina de este centro. Una vez gané un festival en honor a nuestra Patrona acompañado a la guitarra por un chico de Santa Ursula ( no recuerdo el nombre) ” una roca inmóvil en su soledad, una flor o el pájaro feliz que ves” ( algo así decía la letra). 
Los seminaristas veníamos a Candelaria el dos de Febrero a la Misa solemne acompañando a Don Luis Franco Cascón que era el Obispo en esos años y los Padres Dominicos, al terminar la eucaristía, nos invitaban a un brindis que a nosotros nos sabía a gloria. Más de un dulce me metí debajo de la sotana para ” más tarde” . El Municipio de Candelaria me despidió con un ” hasta luego”….. Volvería. 
Ya en el año 1976 emigramos a Venezuela, y lo primero que puso mi madre nada más llegar a una casa extraña para nosotros fue una imagen de la Virgen de Candelaria que, a mi particularmente, me daba una gran tranquilidad. La Devoción a la Virgen de Candelaria ha sido vital en mi familia. Aún recuerdo a mi padre derramando más de una lágrima en las escaleras cuando veía salir a la imagen en Candelaria. En unas crecidas del río Guaire en Venezuela, el agua nos inundó la vivienda que la dejó inhabitable y cuando entramos a los días a recoger los enseres, allí estaba la estampa de ella, intocable, en pie. El río arrasó todo pero a la estampa no le llegó el agua. 
En Venezuela íbamos al barrio de la Candelaria para ver a la Imagen que está en el centro de Caracas y, muchas veces, de camino al trabajo, por allí pasaba a estar ” un rato con ella” y pedirle, rogarle, implorarle que alguna vez la pudiese volver a visitar en su Candelaria pero la de Tenerife…. Y el milagro sucedió. Me escuchó. 
El destino quiso que en el año 1989 regresase a mi tierra. Era hora de volver. Pero el destino quiso además que viniese a casa de mi hermana porque su marido, mi cuñado Rafael, que ya no está con nosotros, había sido destinado al cuartel de la Guardia Civil de Candelaria. Cuando me desperté en la mañana después de descansar del viaje de regreso, cuando abrí la ventana del cuartel un tres de abril de 1989, lo primero que vi fue la torre de la Basílica de Candelaria y el aire del mar que hacía años que no lo sentía. 
Mi vida transcurrió por largos años en el Ayuntamiento de Candelaria realizando y coordinando las fiestas en honor a la Patrona de Canarias. El hermanamiento con Teror. Pero de esta época, permítanme quedarme con un episodio que me cambió mi vida por completo. Por los años 90, creo que fue en 1994 se trasladó una imagen de la Virgen de Candelaria al municipio Cubano de Candelaria en Pinar del Rio. Esto es un capítulo aparte que debo contar en otro momento. Lo que sí les puedo asegurar que cambió mi vida. Les prometo que lo contaré alguna vez. 
En el año 1999 Adán Martín me llamó para comunicarme que sería el Director General de Acción Exterior del Gobierno de Canarias. Ahí me pude dar cuenta de la gran devoción que se le profesa a la Morenita en todos los centros Canarios en el Exterior. En Cuba, en Venezuela, Argentina, Uruguay, México , Estados Unidos. De esa etapa me quedo con el recuerdo del Padre Jesús Mendoza que en un día tuvo que celebrar tres misas en tres centros Canarios diferentes en Venezuela. Jesús Mendoza siempre tuvo un gesto amable con los emigrantes y con los que regresaban. Eternamente le estaré agradecido de sus bondades. Fueron cientos las estampas que bendecía y se llevaban nuestros paisanos a sus casas como el más grande de los tesoros. 
Y aquí sigo, viviendo en Candelaria, a los pies de la que siempre ha estado al lado mío. Sé que muchos que lean esto no serán creyentes pero les puedo asegurar que la fe mueve montañas. Son muchas las peticiones que le he realizado y que me las ha concedido. Aún le sigo pidiendo y hoy, en su día grande, pediré por todos nosotros, por nuestra tierra, por los que mas lo necesitan, y lo haré convencido de que me va a escuchar porque ya lo ha hecho. 

Ahora que lo pienso, en Venezuela, en mi época de emigrante, en las diversas etapas de mi vida siempre me ha cuidado. Jamás me pasó nada en Venezuela viviendo en sitios con cierto peligro. Definitivamente ella estaba conmigo. 
Podría seguir escribiendo horas y horas de mi relación personal y mágica con la Virgen de Candelaria pero, quizá, otro día les cuente mucho más.
Por hoy solo me queda gritar con mucha fuerza: VIVA LA VIRGEN DE CANDELARIA. 

La Cantera” 

23 Enero, 2017 at 22:16

LA CANTERA
Hace ya unos años, unos cuantos ya, Sesé Rivero y el Club Deportivo Tenerife, colaboraron de manera inequívoca en la creación de la primera escuela del Club Deportivo Tenerife en Venezuela. Justo en el Centro Hispano Venezolano de Maracay, Sesé viajó unas cuantas veces y se montó una infraestructura que sirvió para consolidar muchos de los equipos que entrenaban en el club, pero esta vez era de una manera más profesional. Recuerdo el apoyo del palmero-Venezolano Celso Concepción quien alabó siempre este proyecto de los más jóvenes, hijos de canarios. De eso hace ya mucho tiempo. 

Ayer vi una foto de tres jugadores de la cantera y me emocionó mucho porque creo que el Club Deportivo Tenerife está entendiendo la importancia de la base en el fútbol Tinerfeño. La vida siempre se sustenta de sabia nueva, de cambios, de relevos, de generaciones venideras.

Yo siempre lo escucho en política, siempre se habla de ” la renovación” y lo comparo con el fútbol que sería ” La Cantera”. Esa ilusión, esa magia, ese empuje, esas ganas de vivir y de luchar por unos colores son absolutamente importantes.

La experiencia de los que ya pasaron por esta fase es vital. Jugadores que vienen de ” La Cantera” y que pueden explicarles a los que están ahora, las vicisitudes por las que pasaron : momentos de soledad, nostalgia de la familia, frío, lucha, competencia. Y todo por conseguir el sueño y el objetivo de su vida: llegar a tener un nombre en el mundo del fútbol. Hoy, los que salieron de la cantera y tienen unos años, se preparan en el mundo del emprendimiento con negocios propios, se siguen formando, siguen colaborando…….y es que lo más preciado que tenemos es el tiempo.

Pero el tiempo se va. Es por eso que las tres personas que están en la foto: Cristo González ( autor de la foto) Omar Perdomo y Jorge Sáenz deben saber que deben aprovechar al máximo todas las oportunidades que les da la vida y que ahora son muchísimas más que antes.

Yo creo que un Moises Alvarez, un Jordi Ocaña y tantos que han llegado lejos en el mundo del Futbol y que nos hicieron pasar tardes gloriosas, no tuvieron centros de entrenamiento funciónales, ni la maquinaria que existe hoy para las lesiones, ni coachs. Estamos en otros tiempos de mucha más tecnología y de nuevos retos. 

Por eso, ayer cuando coincidí con Omar Perdomo en un cumpleaños, percibí una humildad a toda prueba y eso lo hará grande. De Jorge Sáenz he visto su lucha y su esfuerzo diario y los avances han sido categóricos y de Cristo González, destaco su espera y su paciencia que son virtudes fundamentales para llegar muy lejos. 

Quedan muchos más que quizá veré también en el primer equipo: nombres como Giovani, Denzel, los gemelos, Brian…… Y tantos más están luchando por conseguir ese sueño, ese objetivo, esa lucha diaria. Yo les animo a que nos animen porque confiamos mucho en ellos. 

La vida es una auténtica ” Cantera” . Las canteras eran de donde se sacaban las piedras para las construcciones de nuestras casas, y la cantera del Club Deportivo Tenerife será de donde tendremos que sacar la futura construcción de nuestro equipo. 

Me emocionó la foto. Por eso es que dedico esta reflexión a LA CANTERA del Club Deportivo Tenerife. Mi gran saludo Ab Sesé Rivero y a todos los que tienen que ver con la base. Siempre adelante¡!!