Cuando entendemos que ya no somos las mismas personas.
Durante mucho tiempo pensé que crecer era tener respuestas claras, saber exactamente a dónde iba y sentirme seguro de cada decisión. Hoy sé que no. Crecer, al menos para mí, fue aprender a convivir con la duda, con la nostalgia y con una versión de mí que ya no existe.
Recuerdo un día aparentemente insignificante. No pasó nada extraordinario, nadie me dijo una frase reveladora, no hubo lágrimas ni despedidas dramáticas. Estaba solo, en silencio, rodeado de mis propias cosas. De esas que se acumulan con los años: recuerdos, objetos, palabras no dichas. Y fue ahí, en ese momento tan cotidiano, cuando algo dentro de mí se movió.
Empecé a encontrar fragmentos de mi pasado: ideas que defendía con fuerza, personas por las que habría dado todo, sueños que en su momento parecían urgentes e indispensables. Esperaba sentir algo intenso, una punzada en el pecho, ese nudo en la garganta que tantas veces había sentido antes. Pero no llegó. En su lugar apareció una calma extraña, casi incómoda.
Al principio me asusté. Pensé que me estaba volviendo indiferente, frío, distante. ¿Cómo podía no doler? ¿Cómo podía mirar atrás sin querer volver? Me quedé un buen rato con esa sensación, tratando de entenderla, hasta que lo comprendí: no era falta de emoción, era transformación.
Había cambiado. Ya no necesitaba aferrarme a lo que fue para sentirme completo. Ya no me definían las mismas heridas, ni las mismas ausencias. Había aprendido —sin darme cuenta— a soltar sin rencor, a aceptar sin reproches, a recordar sin quedarme atrapado.
Ese día entendí que crecer no siempre es ganar cosas nuevas. A veces crecer es perderlas. Perder miedos, perder dependencias, perder la necesidad de explicarlo todo. Crecer es dejar de reaccionar como antes, dejar de cargar culpas que no eran mías, dejar de pedir permiso para sentir.
No fue un proceso rápido ni fácil. Hubo noches de confusión, momentos de soledad, preguntas sin respuesta. Pero también hubo algo hermoso: la sensación de estar volviendo a mí, de estar construyendo una versión más honesta, más consciente, más en paz.
Desde entonces miro mi pasado con respeto, no con añoranza. Agradezco a quien fui, pero no me aferro a esa versión. Porque entendí que no todo lo que se va se pierde, y que muchas veces lo que duele solo está enseñándonos a crecer.
Y quizá eso sea la vida: una constante despedida de quienes fuimos, para darle espacio a quienes estamos aprendiendo a ser.





